Ya ni siquiera podía saltar.
se arrastraba como sus pies
en el asfalto.
Miraba sin distiguir.
Puede que fuese el espectro
de un torbellino sin rodar.
Su tormento desaparecía cuando
ella se acurrucaba en el hueco
entre el pecho y su agitado corazón.
Calmado y sin embargo intranquilo
porque se revelaba. Su parapeto se
deshacía lentamente, como las cenizas
que se lleva el viento.
No quería que se reabriesen las cicatrices
que llenaban sus sentimientos. No quería
verlos pisoteados.
Así era él, temeroso de que su coraza
quedase inutilizada.
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